PSU: A otros les enseñaron secretos que a ti no

Confieso que he pecado: me metí a Teampsu y revisé los resultados de quienes dieron la Prueba de Selección Académica conmigo este año. No crean que lo hice motivada por una afición por conocer qué come el de al lado ni mucho menos bajo las intenciones de saciar el ego, pues nada de eso podría ser verdad. Lo hice porque me cuestioné. Porque a pesar de haber nacido en una familia disfuncional y no contar con un apellido ostentoso, me siento privilegiada. Es una sensación extraña, parte de esa absurda búsqueda de la quinta pata al gato. Me siento parte de un grupo selecto, de esa porción pequeña de la población que sí pudo vencer los parámetros clasistas de la PSU.

Y ahora bien, ¿De dónde nace este cuestionamiento? Crecí en un núcleo femenino, conformado por una abuela asesora del hogar (nana, para los poco entendidos) y una mamá que sólo pudo terminar la enseñanza media. Ambas salieron de liceos vulnerables. Sólo una de ellas dio la PAA, pero sin éxito. De ahí la conversación sobre la educación se tornó muda, hasta que nací yo. Entré cual Machuca a uno de los mejores colegios de San Bernardo, o eso decían. En ese entonces el sueldo mínimo era de ciento cuarenta y cuatro mil pesos y la mensualidad bordeaba los $60 mil pesos. Ya saben el resto de la historia.

En su momento se me creyó hija de la meritocracia: fui becaria de un programa para viajar al extranjero, obtuve por más de 6 años consecutivos el primer lugar del curso y me adjudiqué un sin fin de becas y reconocimientos. Todo esto en cierta forma me hacía acreedora de un futuro esplendoroso. Podía ser abogada, ingeniera o cualquier oficio que se me prometiese. Nunca fue tan así.

Nunca me creí el cuento de la niña matea. Sufro de inseguridades y hasta el día de hoy no logro conciliar la ignorancia. Desde que salí de mi pequeño mundo situado en San Bernardo muchas verdades se opacaron hasta el punto de parecer falsas. Conocí gente de otros colegios, con realidades virtuosas y un intelecto de cuna.

Y a pesar del tortuoso periplo por la buena educación, me siento una estudiante privilegiada. No por mi condición económica, tampoco por la lista de galardones que me adjudiqué durante la enseñanza media. Me siento afortunada porque nunca me costó aprender. Porque bastaba con que tomara un cuaderno para asegurarme una buena nota dentro de algún examen. Porque quién sabe que fuerza me enseñó a ser autodidacta, por lo que los contenidos que no me enseñaron en el colegio los obtuve descargando guías filtradas de liceos emblemáticos o colegios de renombre. Porque aunque nunca madrugué por estudiar, logré de igual forma tener la misma calificación de quienes lo hacían. Básicamente le agarré el gustito al sistema. Eso en cierta forma es un privilegio, una ventaja que pudiese ser universal si es que nos enseñaran técnicas de estudio y se nos incentivase a participar en actividades fuera de la lógica académica-competitiva.

Y así fue como pasando toda una semana con crisis algo vocacional llegué a TeamPSU. Pensé en todos esos nombres de personas que consideré eminencias durante mi educación, estudiantes que anhelaban ser médicos o estudiar alguna otra carrera de alta complejidad. Pensé en todos mis compañeros que cumplían con el trío 850: buen nem, buen ranking y por ende, buen puntaje. En algunos se cumplió y en otros no. Unos lograron superar la barra de los 700 puntos y otros se quedaron pateando piedras dentro de los 600 y algo. ¿Cuál es la diferencia de ellos conmigo? me pregunté. Si se educaron conmigo, tuvimos los mismos profesores y en su mayoría asistimos al mismo preuniversitario.

La gran mayoría de quienes aludo se prepararon más que yo para la PSU. Mientras yo excusaba mi mediocridad bajo la idea de ser una futura periodista, ellos extendían su jornada escolar hasta por 12 horas por el hecho de asistir a las clases de preu. ¿ Por qué ellos, que sí se esforzaron, no pudieron entregar la postulación con la misma seguridad que yo?

Mi puntaje no fue brillante, pero es mucho más de lo que esperaba. Calculé 580 puntos en cada una de las pruebas, pues era eso lo que necesitaba. Salí llorando de las dos jornadas PSU y permanecí inmóvil en mi casa pensando en cómo decepcionaría a toda mi familia que, por tener buenas notas toda mi vida, esperaban un resultado más allá de lo utópico.

Cuando vi mis resultados me alegré. Solté un grito de victoria y reincorporé la respiración perdida mientras esperaba que se cargar la página. Era más de lo que podía conseguir Luego de eso vino el proceso de empatía colectiva, en donde todos nos quienes rendimos la PSU nos dábamos apoyo moral y nos preguntábamos cómo nos había ido. Intenté en lo posible guardar silencio porque sentía que ese puntaje no era mío pues ¡era obvio que no lo merecía!  No sufrí. Abandoné la carrera del éxito al primer mes.  Me preparé pensando en el mínimo esfuerzo.

Pero la PSU no queda en la postulación. Lo que sigue es más desolador aún. Estudiaremos. Obtendremos un cartón. Cartón que nos ayudará a encontrar trabajo. Trabajo obviará las dificultades de obtener una licencia. Si no pueden pronunciar tu apellido a la primera te irá bien. Te pagarán de acuerdo al nivel de prestigio de tu casa de estudios. Ah, y es muy probable que te asciendan si es que vives en un barrio de casas amplias y calles limpias.

Quise consolarme con la ilusoria idea de qué habría sido de nosotros si hubiésemos cursado nuestra escolaridad un colegio particular pagado. Tal vez todos tendríamos 800 puntos. Muchos no tendrían que calcular esas décimas que les faltan para entrar a a carrera soñada. Siento que tal vez y sólo tal vez todo nuestro esfuerzo nos haría justicia.

 

 

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