Por internet te conocí: mi experiencia en el mágico mundo de Tinder

Me prometí a mi misma que jamás lo haría. Había visto suficientes capítulos desoladores de Catfish como para creer que Tinder sería el camino, la luz y la verdad del amor, pero de todos modos había que intentarlo.

Muchos me criticaron cuando les conté que me había creado un perfil en Tinder. “¿Cómo cresta se te ocurre meterte ahí?”, “¿Acaso querís sexo casual?”, “¡hueona te van a salir puros viejos verdes!” fueron los comentarios más recurrentes al hablar sobre la famosa aplicación del match. Igual desconfié al principio. Entrar a Tinder era para mis amigos como inciar una travesía en la deep web de la sodoma y gomorra. Pero filo, entré igual.

Partí con un perfil falso: Britnet, 23 años. Puse mis fotos porque la usurpación de identidad no es lo mío. Rango etario entre 18 a 30 (porque sí, patúa). Interés: hombres. Activé mi localización y di rienda suelta a la selección de machos. El primer perfil que me apareció era un jinete. Sus fotos eran montado a caballo y con una chupalla que sólo veís en las fondas de fiestas patrias. Lo esquivé al toque y continué la búsqueda. Di con un actor: Felipe, 25 años. Le dí like: mi primer match.

El  intenso

“Hola, ¿Cómo estaí?” me escribe. Me pregunto si de verdad creerá que Britnet existe. Le respondo con el típico guión para mantener una conversación. Me pregunta qué hago. Yo no sé mentir así que intento darle una nueva interpretación a la pregunta. “Estoy aquí por un experimento social” digo. “ah, ¿y cómo te ha ido?” escribe de vuelta. Intenta extender la conversación hablando de la vida, los hongos alucinógenos del sur y qué se yo. Me aburrí y le dejé el visto. A mi primer match de tinder lo apodé el intenso

El profe

Unos 6 match después una imagen familiar aparece entre los perfiles de Tinder. “X, 28 años”. Reviso el resto de sus fotos. Un ataque explosivo de risa acaba con el silencio de mi pieza. El perfil pertenecía a nada más ni nada menos que un profe de mi liceo. Obvio que le doy like. Un fondo negro aparece en la pantalla y un “¡Tú y X se gustan!” me anuncia la “nueva conquista”. Me rio una vez más. Profesor me escribe. Luego de un “ajajaja” se defiende diciendo que recién se había metido y lo iba a cerrar. “Voy a hacer que esto no pasó” escribo. Luego de un rato se cancela el match. Continúo en la cruzada.

El chanta

Le di like a un tipo porque era igual a Me Llamo Sebastián. Él me da like de vuelta y me envía un mensaje. “Que alguien afirme su devoción por la palta en estos tiempos de posverdad es algo admirable ¿no?” comenta en relación a mi descripción. “¿ Y qué tiene que ver la posverdad aquí?” contesto de vuelta. Al notar su evidente fracaso se rie y comienza a detallarme su currículum. Músico, apasionado por el arte y la literatura. Estudia no sé que cosa en la uCh. Se demora en contestar así que me responde “Oh sorry, estaba ocupado ensayando con mi banda”. Shao.

El “no sé por qué estoy aquí pero bueno”

Una descripción escueta. Una foto sin mayor decoro y que demostraba su poco interés por obtener alguna conquista.  Like porque se lo merece. Me da like de vuelta y habla  a las 3 horas después. Por buena onda le sigo el juego y conversamos sobre Rick And Morty.  Ahora somos friends en Facebook.

Los “ay cómo vas a usar Tinder”  y finalmente estaban acá

Creo firmemente en que si uno critica es porque lo ha hecho. Quién esté libre de pecado que lance la primera piedra. Vi a los más férreos opositores de Tinder lucir su mejor selfie en esta red. Les puse “me gusta” a todos y cada uno. Algunos me respondieron y otros prefirieron hundirse en la vergüenza. Fue entretenido ver cómo se vendían cual producto de Falabella tv, luciendo sus mejores fotos en la playa, la guata escondida y sus rostros libres de espinillas. Sólo puedo decir para aquellos amigos que nunca, nunca, nunca escupan al cielo porque, quieran o no, siempre les caerá en la cara.

El que se va sin que lo echen

Me encontré con personajes que juré que nunca más volverían a cruzarse por mi vista. Amigos de infancia, ex compañeros y otros. Entre los que se pueden catalogar en la sección “otros” estaba el amigo de mi primo. El mismo con el que conversé sobre Morrissey cuando tenía doce pero luego se volvió un sujeto desagradable. Mi mente suele desechar de sus recuerdos aquellos episodios pésimos y este sujeto ya estaba en la sección de eliminados. Por eso es que al principio no me percaté que aquel perfil correspondía al niño aborrecible. No fue sino hasta que me dijo “oye, creo que te conozco” que mi cerebro hizo un flashback repentino hasta llegar al momento exacto en donde coincidí con él. “ah buena, ahora erís simpático” pensé. Nos juntamos una vez. Creo que fui muy pesada. No me habló más. Yo tampoco me preocupé de enmendarlo (porque hombres).

bonus track: menciones honrosas

Gracias hombre de la foto con el pezón descubierto y la rosa en la boca, te amé. Un saludo para el niño rata que en su perfil tenía 30 e iba en el Instituto Nacional. Besito a todos los pacos que me encontré luciendo su uniforme de oficial en la plataforma del amor. Un superlike al ruso musculoso del Cirque du Soleil. Dislike eterno al tipo con un corte de pokemón porque amigo, estamos en el 2017. Un like a la camiona patúa que se puso en la sección hombres y dijo que buscaba poliamor (ídola igual, full honesta).

Tinder es la cuna de los personajes. Porque en la carrera del amor todo lo vale, un aplauso a todos los sujetos esmerados que se preocuparon de poner sus mejores datos dentro de la descripción. El cómputo final fue de 28 match, un encuentro y ningun tipo de relación afectiva o sexual. Tal vez se venga la revancha, eso está por verse.

 

Pd: Me disculpo con quienes esperaban que esta crónica estuviese llena de drama, sexo y descontrol. Soy un tanto fome como para vivir apasionadamente el mundo de las relaciones cibernéticas. Acepto cualquier tipo de recomendación sobre cómo hacer de Tinder una experiencia fructífera.

 

Eso, XoXo

 

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