No te quise y está bien

 

Ya, sin llorar. La cosa es simple, nunca me gustaste  ¿Qué hay de malo en experimentar?

Desde chica me formé bajo la ignorancia amorosa. Nunca jugué a la botellita, jamás tuve algún pololeo y mientras mis amigas hablaban de niños yo me dedicaba a tocar la guitarra. Pero ya más grandecita, la presión de mi familia, amigos y padres terminó por agotarme. “¿Cuándo el pololo?” la pregunta del millón.  Era el momento de tomar las riendas del asunto y enfrentarme a lo que ya esquivé durante mucho tiempo. Fue así como, a pesar de mi nula experiencia y mi poco interés en el asunto, me lancé “al ataque”. En eso fue cuando lo conocí. Era un tipo bajo perfil, algo escuálido y bien alejadito de la mano de dios. Justo lo que necesitaba, nada fuera del otro mundo. Desde el primer día que entré a la sala de clases noté que miraba hacia mi puesto con frecuencia, sin disimular. No tardó en hablarme por Whatsapp -bajo la pésima excusa de la tarea de mañana, pero eso da igual -. No había otra opción más cercana y la insistencia de mi círculo me agobiaba cada vez más, así que respondí sus sutiles coqueteos y  me inserté en el juego. Los días pasaron y el joven parecía no tener nada que ocultar, simplemente le gustaba.  Nos juntamos un día después de clases, conversamos un rato sobre la vida, hasta que después pasó lo inminente: me confesó que le gustaba. Su voz parecía quebrarse y sus manos temblaban, sentí algo de lástima, pero ya estaba en esto y no podía echarlo a perder.  En primera instancia le dí el típico discurso de “nunca he estado con nadie” o “no creo que esto resulte” a ver si así desistía de sus intenciones, pero no. Su insistencia me tenía al borde del hastío, pero me tragué mi inconformidad y simulé estar conmovida por la escena. Me besó, nunca había besado a un niño. Las mariposas en el estómago nunca llegaron y lo único que rondaba en mi cabeza era esa constante sensación de arrepentimiento. Duramos dos días y contando. Él se sentía en las nubes, no había hora en donde no me manifestara lo feliz que se sentía, mientras yo sólo fijaba mis fuerzas en terminar esto lo antes posible. Su amor y afecto me causaba diabetes, era peor que escuchar la FM DOS durante un viaje al sur. Finalmente, lo pateé. Se negaba a terminar, tenía frente a mí a un niño con pataletas que no entiende cuando los papis no quieren comprarle algo (por cierto, era menor que yo). Me apestó. Simplemente no estaba preparada para el amor. Ese mismo día por la noche, miré mi celular: diez llamadas perdidas, dos mensajes de texto y otros quince whatsapps, todos de él. Le pregunté que quería. Sólo intentaba comunicarse conmigo para criticarme. “Me duele tu indiferencia”, “Piensa un poco en mí”, mis ojos ya se tornaban blancos. Va a sonar ultra machista, heteronormado o qué  se yo, pero definitivamente este tipo tenía estrógeno de sobra. No es que yo quisiese a un macho dotado de virilidad y testosterona; buscaba un hombre, quería conocer lo que las niñas comentaban en los recreos, el kem de las barbies. Y así, vivir en primera persona el legado de Adán y Eva.

Amigo (si esque así puedo llamarte), de todas formas, gracias. Supongo que mi madre ya no planea bañarme en agua bendita, creo está feliz de saber que estuve con un niño y por tanto no soy torta. Lo siento, de veras. Tan sólo quería saber para dónde iba la micro, pero aún falta tiempo para eso. No eres tú, soy yo. Ya sí, también eres tú, un poquito.

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