Me tocó estar en el baile de los que sobran

 

Queda tan poquito para que todo esto acabe. “Un año más y ya” mi mente no deja de repetirlo. Pienso irremediablemente en el tiempo que cubre mis espaldas; pasado. Me queda tan bien este papel pero siento que no es más mi lugar. ¿Seré yo? Probablemente. Es que ser escolar es una tarea difícil, más aún si coartas tu infancia y adolescencia para poder desempeñarla. Pero para mí no era problema, siempre me ajusté al pie de la letra; no por obligación, sino por necesidad.

Miro a mis compañeros y me inunda una sensación situada entre el resentimiento y el rechazo. Me gustaría ser como ellos a veces. Imperturbables, miran distraídos hacia el pizarrón, como si estar en una sala de clases fuese un mero acto obligatorio. Ellos sólo van, no les importa. Para ellos la educación es la vía efectiva al poder adquisitivo, nada más. Pero pienso otra vez y me retracto. Yo decidí estar aquí, nadie me obligó. Debo continuar.

Entendí a muy temprana edad lo que significa ser estudiante. Provengo de una familia de escolaridad incompleta, de esa que desertó por el simple hecho de que había que trabajar. Pero aun así ellos no me obligaron, nunca oí alguna palabra de amenaza y nunca mi mamá me revisó los cuadernos. Ellos sólo acataron a mis inquietudes, a esos pensamientos que uno tiene cuando es acreedor de una mente inquieta, aunque jamás fui una niña intelectualmente sobresaliente.

Y me aferré a ser estudiante. Tuve que aguantar las injusticias del sistema, esas que no sólo me castigaban a mí, sino a todos quienes nos sentíamos fuera de su círculo. Pienso en mi compañera que tocaba la guitarra y me enseñó a manipular ese instrumento a pesar de mi nulo talento musical. La admiraba demasiado, pero todos ignoraban la armonía de sus acordes. El único ruido que provocaba en los demás era su bajo desempeño académico. También se me viene a la cabeza  el niño raro de mi curso, el que cuando hablaba lo hacía con un lenguaje tan certero y prolijo que nos dejaba enmudecidos sin saber qué responder. Pienso en tantos que yo admiré pero nadie les prestó la atención suficiente y me da rabia. Rabia porque quizá a cuantos les toca estar en el baile de los que sobran, cuando en realidad debiesen danzar en la fila delantera.

Cuento todas y cada una de las veces en que lloré después de salir de clases. Son muchas. Todavía no entiendo muy bien por qué lo hago. Sólo siento pena y ya. Sé que la tristeza surge desde algún lado. Me queda tan poco, sólo un poquito más. Pienso en abandonar el colegio, pero eso sería como derrumbar ese enorme fuerte de arena que hiciste durante toda una tarde de playa. Porque no es que no quiera aprender; no es que me aburra, es sólo que mi espacio de estudiante me limita y eso me deprime.

Pero me cansé. No me lo merezco. No debo y no quiero martirizarme por culpa de un sistema tan mierda como al que actualmente estamos sometidos. Me limpio con el puño de mi chaleco las insípidas gotas que recorren mi rostro. Me levanto una y otra vez porque soy estudiante. Porque de eso se trata, poner en práctica lo aprendido: Lanzar puñetazos al aire a modo de práctica, aletear hasta dar con la dirección correcta, gritar para ejercitar la voz. La resiliencia nace de cada porrazo, victoria o lamento. A nadie nunca le sirvió la teoría. El estudiante de colegio no me identifica. Mi mamá me plantea la teoría de que mi educación formal y disciplinaria llegó hasta segundo medio y de ahí empecé a jugar otros papeles; como toda cabra chica agrandá. Pero esos otros papeles me hacen feliz porque me siento estudiante, porque desde ahí aprendo, porque ese es mi mundo en cierta forma; yo lo busqué. Mi mamá me abraza, sabe que las palabras del libreto escolar ya no me calzan y trata de entenderme un poco. Me dice que soy dispersa, que no entiende por qué quiero hacer cosas tan distintas entre sí y que no me aburran.  Sonrío. Es justo lo que quiero lograr.

 

Abril del 2016, tercero medio.

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