El amor comienza en febrero

Rosa vierte sus manos en el agua caliente del lavaplatos. Sujeta con delicadeza la esponja y realiza movimientos curvilíneos sobre el plato de sopa vacío. Piensa en la cena de San Valentín que acaba de tener con Mauricio, su esposo. Mira con recelo hacia el comedor y evita imaginarse sentada ahí con él, como hace unos minutos atrás. Intenta distraerse con el sonido del líquido que cae desde la llave, concentrándose en las manchas que decoran los platos y tenedores que le quedan por limpiar. A lo lejos suena la canción favorita de Mauricio, esa que tocan en el clandestino que frecuenta visitar. Dice que le gusta porque le recuerda que la vida tiene matices. No sabe como se llama pero está seguro que es de Frank Sinatra. El sonido del jazz que se reproduce en la radio polvorizada del hogar acompaña la pena de Rosa. Respira profundo para evitar que alguna lágrima se escape. A pesar de la música, un silencio ensordecedor corona la difunta velada. Las gotas de vino derramadas sobre el mantel se confunden con los restos sanguíneos de Rosa. En la mesa sólo queda un vaso de pie mientras que el otro pasó a ser un par pedacitos de vidrio. La comida se enfrío de tanto esperar a ser consumida.  No hubo cena esa noche.

Mauricio era extraño, todo el vecindario lo sabía. Su corazón destemplado y repleto de cólera hería a Rosa. Pero ella lo quería, más aún, lo amaba. Se enamoró de él cuando iba en la universidad. Mauricio era un joven retraído, ensimismado y su cara era una representación visual de somnolencia. No hubo coqueteo, citas ni otro tipo de encuentro amoroso, algo había en él que le producía mariposas en el estómago a ella y así fue como se concretó la unión. Dos años y seis meses llevaban compartiendo calendario. Los días fueron en contra de Mauricio, hasta que una hora ingrata decidió devolverle la suerte. Ese 14 de febrero la mano empuñada de Mauricio encajó perfectamente en el ojo de Rosa. Él eligió ese lugar para ejercer su hombría porque así lo vio en las películas y en los torneos de boxeo que pasaban por la tele en la tarde. Le molestaba que su esposa fuera presidenta de la junta de vecinos y participara activamente en el comité de género. Pensaba en la posibilidad de un golpe de estado liderado por úteros subversivos y eso lo ofuscaba. Le recordaba todos los días a su mujer de su libertad, que ella era libre de decidir si cocinaría cazuela o porotos y también podía elegir que vestido usar. Creía que de esa manera salvaría a la patria de un asalto femenino a la democracia, resguardando el poder deliberado de sus compañeros. Es por eso que la golpeó, la zamarreó tan fuerte que era posible ver como algunos trozos de su corazón se desprendían de ella. Rosa por su parte permaneció estática con una postura imperturbable, como si nada estaba pasando. Terminado el acto, Mauricio contempló a su mujer de pies a cabeza; trató de gritarle pero su garganta estaba obstruida por un par de lagrimas. Sintió miedo, un temor inefable hacia su esposa. Se sacudió las manos en el pantalón y corrió hacia la puerta de salida.

Se secó las manos en el paño de cocina y contó los pasos que habían desde el comedor hacia la puerta de salida. Ya no había dolor en Rosa, quién ahora lucía una figura estoica e indiferente. Buscó razones, evaluó su forma de vestir e hizo un repaso breve de las palabras que dijo durante la cena. No encontró nada, ni una sola manifestación que justificara el puñetazo que aún permanece en su cara bajo un color azulado. Terminó de ordenar la escena del crimen y se sentó en el sofá. Movía el pie derecho de forma intermitente. Quiso llamar a Olguita su vecina regalona pero una insípida sensación de vergüenza la terminó por convencer de no levantar el teléfono. La canción preferida de Mauricio dejó de sonar, el silencio mantenía su condición de protagonismo. Ahora la imagen pausada de desolación era el cuadro familiar colgado en la pared.

Sólo quedaba Rosa en la casa. Contempló su rostro en el espejo y acarició con delicadeza la piel morada que rodeada a su ojo izquierdo. Mauricio dejó una hoja arrugada al costado de la puerta. En ella había palabras, comas y un par de puntos pero en ningún momento pudo llegar a ser una carta o un mensaje, al menos para Rosa. Después de cuatro intentos de leer la nota, arrugó nuevamente el papel y lanzó la hoja al basurero. Mauricio ya no era parte de su vida pero a pesar de eso aún habitaba en ella amor. Comprendió que nunca antes había amado, que si se enamoró fue en realidad de una proyección de ella misma sobre alguien más. Adquirió nuevas prioridades, armó su propio calendario y se levantó en regocijo. Esta vez alzó su lienzo con una alegría diferente. Mientras coreaba los pegajosos gritos inventados por sus amigas del comité iba imaginando cómo sería su nueva vida. Mañana mismo celebraría año nuevo con vino y aceitunas. Febrero es el mes escogido, un catorce de febrero Rosa conoció al amor que la acompañará por el resto de sus días. Ya no necesita a nadie más.

 

 

 

 

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